FALACIAS: Vaguedad

Cuando las inferencias tienen defectos, son llamadas falacias. Cuando los defectos o errores en el razonamiento se repiten una y otra vez, pues las personas son engañadas de manera repetida por estos, entonces tenemos una falacia argumentativa que vale la pena señalar y nombrar. El número y variedad de falacias argumentativas pueden limitarse sólo por la imaginación, por lo que no tiene mucho sentido tratar de construir una lista completa de falacias. Lo que es crucial aquí es familiarizarnos con los tipos más comunes y más atractivos de falacias. Una vez hayamos hecho eso, deberíamos ser capaces de reconocer otras muchas. La meta de esta parte de la unidad y de estas lecturas es desarrollar esa habilidad.

FALACIAS DE VAGUEDAD

Para empezar, vamos a analizar una de las principales maneras en las que los argumentos pueden ser defectuosos o falaces, esto es, cuando el lenguaje no es utilizado de manera lo suficientemente clara para el contexto. Este tipo de falta de claridad se conoce como vaguedad.

La vaguedad ocurre cuando, en un determinado contexto, un término se utiliza de modo que permite muchos otros casos en los cuales no queda claro si el término aplica o no. La vaguedad acarrea muchas falacias, incluyendo tres tipos de argumentos de pendiente resbaladiza, como veremos en siguientes publicaciones.

USOS DE FALTA DE CLARIDAD

En un buen argumento, una persona establece una conclusión claramente y luego, con igual claridad, brinda razones para su conclusión. Los argumentos de la vida diaria muchas veces se quedan cortos en relación a este estándar. Generalmente, el lenguaje poco claro es señal de pensamiento poco claro. Puede que se utilice la falta de claridad para un efecto poético o para dejar detalles a resolverse después. Pero usualmente su propósito es confundir a los demás, o provocar ofuscación. Antes de ver las distintas maneras en las que el lenguaje puede ser poco claro, vale la pena considerar un punto clave: no existe tal cosa como la claridad absoluta. El que algo sea claro o no depende del contexto. Un botanista no utiliza un vocabulario común para describir y clasificar plantas. Y de la misma manera, el que una persona utilice términos de la botánica para describir la apariencia de su jardín no sería lo más razonable.

Aristóteles decía que esta es una seña de una persona educada: no esperar más rigor del que la disciplina o tema en cuestión permite.

Como la claridad y el rigor dependen del contexto, se requiere de juicio y buen sentido para poder brindar argumentos en el nivel correcto.

VAGUEDAD

Quizás la forma más común de falta de claridad es la vaguedad. Esta surge cuando un concepto se aplica a lo largo de un continuo o una serie de cambios muy pequeños. El ejemplo estándar que se utiliza es el de la calvicie. Una persona con un una cabellera voluminosa no es calva. Un persona sin un solo cabello en la cabeza es calva. En medio, sin embargo, existe un amplio rango de casos en los que no podemos decir de manera definitiva si la persona es calva o no. En esos casos decimos algo menos definitivo, como que la persona se está “quedando calva”. Nuestra falta de habilidad para aplicar el concepto de calvicie en un caso intermedio no es porque ignoremos el número de cabellos en la cabeza de la persona. No nos ayudaría, de hecho, contarlos. Incluso si supiéramos el número exacto, aún no seríamos capaces de decir si la persona es calva o no. La misma idea se aplica a la mayoría de adjetivos relacionados a las propiedades que admiten grados, como “rico”, “saludable”, “alto”, “sabio” o “despiadado”.

En la mayoría de casos, la falta de precisión –el no contar con límites bien definidos– no es un problema. De hecho, es una característica útil de nuestro lenguaje. Supongamos que tuviéramos que contar el número de granos de sal con nuestros dedos para determinar si lo que tenemos es o no una “pizca” de sal. Aún así, las dificultades surgen cuando los casos son parte de un debate ligado a limitaciones. Supongamos que el congreso aprueba un ley que prohíbe toda acción obscena en público. Existirán muchos casos que claramente caen en esa categoría y muchos otros que definitivamente no lo hacen pero también surgirán dudas sobre otros casos en los que no está claro si se incluyen dentro de esa ley o no. Las leyes son a veces declaradas inconstitucionales por esta misma razón. Vale la pena aclarar aquí, sin embargo, que la ley en general es vaga y que llamarla vaga no significa que la estemos criticando.

No sólo estamos notando la existencia de casos limitados –estos siempre van a existir no importando qué tan cuidadosos seamos– sino mostrando que existen demasiados casos como estos en este contexto. Más específicamente, es importante señalar que una expresión utilizada vagamente en un contexto particular es aquélla que deja abierto un amplio rango de casos que determinen su éxito y legitimen su uso en ese contexto.

Así, la vaguedad depende del contexto. Un término que puede funcionar perfectamente en un área puede volverse vago al aplicarse en otra (usualmente más especializada). Esta vaguedad puede eliminarse adoptando reglas más precisas en el área problemática. La vaguedad se resuelve con la definición.

Un buen ejemplo de este dilema puede encontrarse en la introducción que hace Giovanni Sartori al capítulo VII de su libro “Qué es la Democracia”. En este, Sartori busca aclarar la definición de “democracia” encontrándose con un primer problema: la mejor manera de definir algo, dice, es encontrar su contrario, pero esto resulta especialmente difícil con democracia pues cuando se la antepone a conceptos como “dictadura”, “autoritarismo” o “totalitarismo” no se da una dicotomía. Hay casos intermedios (tertium datur) que impiden definir “democracia” utilizando uno de sus aparentes contrarios. Encontrar un tertium non datur, o sea, encontrar un término donde se aplique el principio del tercero excluido (que no haya un punto medio) va a depender de la naturaleza de esos opuestos, es decir, de su contexto. No es lo mismo decir “calor – frío” que “casado – no casado” o “vivo – muerto”. El primer caso permite que haya casos como “tibio” mientras que los otros dos no (no podemos decir “semi-casado”, o “semi-vivo”). El utilizar “calor” o “frío” puede dar lugar a la vaguedad de la misma manera que, según Sartori, utilizar “democraticidad”. Es por ello que para él será de gran importancia poder limitar la definición de “democracia” encontrando un opuesto negativo, más que sólo contrario (ya que en este último sí se permiten juicios intermedios).[1] Lo que se quiere señalar aquí es que la definición es clave, y el contexto es determinante para poder hacerlo.

MONTONES

La existencia de los casos límite es esencial en varios estilos de razonamiento identificados y utilizados desde la antigüedad. Uno de estos tipos de argumento es llamado el “argumento del montón” o “argumento sorites” (del griego “soros”, que significa “montón”). El ejemplo clásico busca demostrar que es imposible acumular un montón de arena agregando sólo un grano a la vez. Una variación de este argumento es la que demuestra que nadie puede hacerse rico. El argumento puede formularse así:

(1) Una persona con un solo centavo no es rica.

(2) Si una persona con un solo centavo no es rica entonces una persona con dos centavos tampoco es rica.

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∴ (3) Alguien con sólo dos centavos no es rica. (de 1-2)

(4) Si alguien con sólo dos centavos no es rica, entonces una persona con tres centavos tampoco es rica.

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∴ (5) Alguien con sólo tres centavos no es rica. (de 3-4)

(6) Si alguien con sólo tres centavos no es rica, entonces una persona con cuatro centavos tampoco es rica.

____________________________________________________________________

∴ (7) Alguien con sólo cuatro centavos no es rica. (de 5-6)

[y así sucesivamente hasta:]

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∴ (199,999,999,999) Alguien con sólo 100,000,000,000 centavos no es rica.

 

El problema, claro está, es que alguien con 100,000,000,000 de centavos sí es rica.

Si alguien lo niega, entonces podríamos continuar con esa cadena de razonamiento o sólo resumir todo el argumento de la siguiente manera:

(1*) Una persona con un solo centavo no es rica.

(2*) Para cualquier número, n, si alguien con n centavos no es rica, entonces alguien con n + 1 centavos no es rica.

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∴ (3*) Alguien con cualquier número de centavos no es rica.

 

La premisa (2*) es, claramente, sólo una generalización de las premisas (2), (4), (6), etc.

A pesar de ser plausible, todos estaríamos de acuerdo en que hay algo mal en este argumento. Si le damos suficientes centavos a Luis, el previamente pobre Luis podría llegar a ser el hombre más rico del mundo. Otro signo de que hay un problema aquí es que un argumento paralelo nos llevaría en la otra dirección: alguien con cien mil millones de centavos es rico. Para cualquier número, n, si alguien con n centavos es rico, entonces alguien con n-1 centavos también es rico. Por lo tanto, alguien sin un solo centavo también es rico. Esto es absurdo (pues no estamos hablando de qué tan ricos o afortunados somos de tener amigos). Podemos ver que estos argumentos se convierten en casos límite de la siguiente manera: el argumento fallaría si eliminamos los casos límite estableciendo una regla (quizás con propósitos fiscales) de que todo el que tenga un millón de dólares es rico y que todo el que tiene menos de eso no lo es. Una persona con $999,999.99 pasaría de no ser rico a ser rico al recibir un solo centavo. De modo que la premisa (2*) sería falsa a este punto según esa regulación. Por supuesto, usualmente no usamos la palabra “rico” con tanta precisión. Vemos a algunas personas como claramente ricas y a otras como claramente no ricas, pero en medio existe un área gris donde no tenemos una referencia clara de cuándo llamar a algunas personas ricas y algunas no ricas. En esta área gris, así como en las áreas claras, un centavo más o menos no hace ninguna diferencia.

Así es como funciona el argumento, ¿pero exactamente dónde se comete el error? Esta pregunta no es fácil de contestar y sigue sujeta a un vigoroso debate. Esta es una manera de ver el problema: consideremos una persona que tiene 80 libras de sobrepeso, donde todos estaríamos de acuerdo en que la persona pasaría de ser gorda a no serlo perdiendo más de 100 libras. Si él o ella pierde una onza al día por cinco años, esto sería equivalente a perder casi 114 libras. Un argumento del montón niega que la persona dejaría de ser gorda en algún momento. (¿Cuál sería entonces el punto de hacer dieta?) Cualquiera que acepte esa conclusión, o (3*), parecería afirmar que una serie de cambios insignificantes no son equivalentes a un cambio significativo. Claramente, esto está mal. Aquí nos podemos encontrar con la respuesta de que todo cambio debe ocurrir en un punto particular (en tiempo y espacio), pero no existirá un día particular en el cual esta persona pasará de ser gorda a no serlo. El problema con esta solución es que, con conceptos como estos, los cambios parecen ocurrir gradualmente en largos períodos de tiempo sin ocurrir un momento específico. De todas maneras, donde sea y como sea que ocurre, el cambio ocurre. Algunas personas dejan de ser gordas si pierden el peso suficiente.

Lo anterior nos dice que las conclusiones de argumentos del montón, como (3*), son falsas, lo que significa que estos argumentos no pueden ser sólidos. La mayoría concuerda con ello. Sin embargo, si se elige un punto de partida inapropiado, entonces las premisas como la (1) y la (1*) también serían aceptadas como verdaderas por la mayoría. De modo que el debate principal se enfoca en la premisa (2*) y en si el argumento es válido. Algunos filósofos rechazan la premisa (2*) y afirman que existe un punto preciso en el cual una persona se hace rica, a pesar de que no sepamos cuál es ese punto exacto. Otros intentan evitar cualquier punto específico desarrollando algún tipo de lógica alternativa. Y aún otros sólo admiten que las premisas parecen verdaderas, que el argumento parece válido, pero que la conclusión es falsa, de modo que el argumento crea una paradoja para la cual no se tiene solución. Estas visiones se vuelven complicadas y técnicas y no vale la pena discutirlas aquí. Basta decir que la gran mayoría coincide en que conclusiones como (3*) y (199,999,999,999) son falsas, así que los argumentos del montón no son sólidos por una u otra razón. Es por esto que este tipo de argumentos son catalogados como falacias.

COMENTA ABAJO: ¿El argumento tipo sorites es una falacia formal o informal? ¿Por qué?


[1] Para más detalle sobre esta discusión ver: Giovanni Sartori. “Qué es la Democracia”, Capítulo VII: Democracia y No Democracia. Taurus, 2014.

 

 

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